Nos embarcamos.
En Porto Velho, vamos rumbo a Manaos. Río Madeira. Hoy
Entre aves amazónicas, árboles volando, tormentas seguramente
pasaremos los días que vienen.
Amazonia adentro, rumbo al gran río
Boa viagem
miércoles, 6 de enero de 2010
martes, 5 de enero de 2010
Equipaje
A veces mucho, a veces poquitito. De distintas índoles.
A veces aunque no cambie el contenido de la valija o mochila, sí cambia el peso, cambia el equipaje del viaje.
Ha pasado ya muchas veces en estos cuatro meses, y seguirá pasando.
Y es increíble como a veces hay gente a la que le pasan cosas tan parecidas o dice las cosas que le pasan de una forma que a uno le parece que lo dijo uno pero en una vida en la que tenía muchas más palabras que en ésta o que sabía elegirlas mejor.
La cuestión es que la canción que sigue me está acompañando mucho en este último tiempo, me gusta desde hace mucho, la he escuchado montones de veces, la escucharé muchas más. El otro día hasta la pasé, la letra, a una hoja.
Y ahora la comparto con ustedes.
Que la disfruten.
Voy hurgando pa' ver que llevo
sin olvidar destino y pasaje,
origen y documentos.
Me voy a un horizonte
tan difuso
y tan incierto
que mejor me llevo en norte
en una brújula que me invento
la palabra con el acento,
calma en el paso y ansia de abrazo
y la arenga del ser querido
que me despide y que me acompaña:
"metéle chango,
metéle fuerza y maña"...
Mañanitas de sol de Enero,
luna y lucero
canto y mirada,
llanto con su silencio.
El mate y la palmada amiga y franca,
la guitarra y el asado
llevo un lastre de cariño por todos lados
y el dolor del error pasado,
el daño que hei hecho viaja en el
pecho
Pa' tratar de matar los miedos
me llevo encima un poco 'e prudencia
y para sobre llevar la ausencia
la paciencia y nada más.
Cotidianos que pierdo el paso,
y desgarrándome en pedazos
me voy entero.
Y ya te estaré encontrando,
no se dónde y no sé cuándo
y mientras tanto largo esta copla
para que agite un poco el vacío
y que te abrace en el nombre mío
si no estoy más.
Y va también un video.
De una versión que me encanta.
Muchas gracias don Juan Quintero, por estas palabras y esta música.
A veces aunque no cambie el contenido de la valija o mochila, sí cambia el peso, cambia el equipaje del viaje.
Ha pasado ya muchas veces en estos cuatro meses, y seguirá pasando.
Y es increíble como a veces hay gente a la que le pasan cosas tan parecidas o dice las cosas que le pasan de una forma que a uno le parece que lo dijo uno pero en una vida en la que tenía muchas más palabras que en ésta o que sabía elegirlas mejor.
La cuestión es que la canción que sigue me está acompañando mucho en este último tiempo, me gusta desde hace mucho, la he escuchado montones de veces, la escucharé muchas más. El otro día hasta la pasé, la letra, a una hoja.
Y ahora la comparto con ustedes.
Que la disfruten.
Voy hurgando pa' ver que llevo
sin olvidar destino y pasaje,
origen y documentos.
Me voy a un horizonte
tan difuso
y tan incierto
que mejor me llevo en norte
en una brújula que me invento
la palabra con el acento,
calma en el paso y ansia de abrazo
y la arenga del ser querido
que me despide y que me acompaña:
"metéle chango,
metéle fuerza y maña"...
Mañanitas de sol de Enero,
luna y lucero
canto y mirada,
llanto con su silencio.
El mate y la palmada amiga y franca,
la guitarra y el asado
llevo un lastre de cariño por todos lados
y el dolor del error pasado,
el daño que hei hecho viaja en el
pecho
Pa' tratar de matar los miedos
me llevo encima un poco 'e prudencia
y para sobre llevar la ausencia
la paciencia y nada más.
Cotidianos que pierdo el paso,
y desgarrándome en pedazos
me voy entero.
Y ya te estaré encontrando,
no se dónde y no sé cuándo
y mientras tanto largo esta copla
para que agite un poco el vacío
y que te abrace en el nombre mío
si no estoy más.
Y va también un video.
De una versión que me encanta.
Muchas gracias don Juan Quintero, por estas palabras y esta música.
De La Paz a Riberalta (cuarta entrega)
XX
Salimos de Coroico, finalmente, alrededor de las diez y media de la mañana. Mal comienzo para nuestras pretensiones de rally, para nuestras expectativas de madrugadas en las que un grupo bien acoplado y veloz trabaja en conjunto para estar en la ruta aún con el fresco, andando. Lo cierto es que hoy, ya acabado el recorrido, podemos decir que el único día en que salimos de madrugada fue el primero, y no por nuestro deseo, sino más bien al contrario.
Qué se le va a hacer.
Bajamos unos diez minutos, por el mismo camino donde habíamos subido, y encontramos la ruta que se abría hacia Yolosita, primero, y luego a Caranavi. Supuestamente ya habíamos pasado la ruta de la muerte, yendo hacia Coroico. Pero sin dudas lo que venía ahora era, aún sin ser tremendo, mucho peor. Más pozos, más cortes abruptos del camino. El mismo paisaje imponente de los yungas, en la ladera oriental de los andes.
Viajamos el resto de la mañana y, cerca del mediodía, paramos a almorzar junto a un río. Desde la ruta, el lugar parecía perfecto. Una sombra bastante amplia, cómoda, con piedras para sentarse, a metros del agua corriendo. Bajamos de Bandito con pan palta, tomate, cebolla y unos huevos duros que habíamos cocinado la noche anterior, y nos dispusimos a preparar los sánguches. Rico, fresco, el pic-nic.
Pero mejor sin los bichos. Pocos segundos después de instalarnos, empezamos a sentir atacados nuestros pies, tobillos, canillas. Y al bajar la mirada, nos encontramos con unos insectos diminutos, del estilo de los borrachudos (así los llaman en Brasil, no les conozco nombre en castellano) que pican dejando, en el centro de la roncha, un puntito rojo de sangre. Vienen en masa, sin hacer ruido, y no son tampoco tan fáciles de matar. Ni hablar que el repelente no los afecta, así que el almuerzo fue, aún en la sombra, bastante deportivo. Cortamos rapidito las cosas, las ensanguchábamos con celeridad, y a morder y masticar caminando.
La excepción fue Sally, que, entre otras cosas, parece ser inmune a los bichos, o no importarle las picaduras. Sentadita se quedó todo el rato, mientras Mike, Lechu y yo andábamos de un lado para otro, tratando de no quedarnos quietos para no recibir los embistes de los invitados de honor del almuerzo.
Otra nota que dio Sally ese mediodía, que, vale aclarar, ya estábamos un poco molestos con ella, es que, al sentarse, se preparó su tomate, su paltita, su pan, y, antes que todos, empezó a comer. Buena onda.
Así como nos movimos para comer, no teníamos demasiados motivos para quedarnos haciendo sobremesa en ese sitio. Así que nos mojamos las cabezas, cargamos las botellas con agua fresca y volvimos a subir a Bandito para seguir camino. Y al rato llegamos a Caranavi.
Caranavi es una de las localidades más grandes de los yungas bolivianos. La ruta lo atraviesa, asfaltada, y se pueden encontrar negocios de todo tipo. O bastante, al menos, para la zona en la que está. A los costados, se veían las calles subir la cuesta de la montaña, plena de árboles, pero los tiempos no nos daban para aceptar la invitación.
La parada, entonces, consistió en un reaprovisionamiento de pan y frutas (lo que buscábamos en cada pueblo al llegar) y la compra y consumo de refrescos de maracujá, ananá, coco y otras cosas, que vendían en los puestos en la calle. Plena siesta, salimos descalzos del coche y, haciendo zig-zags, buscábamos los lugares de sombra para no quemarnos con el asfalto hirviendo. Ese ir descalzos fue convirtiéndose casi en una marca de los habitantes de Bandito. Donde bajásemos, lo hacíamos sin zapatillas, sandalias ni nada. A pata pila, como le dicen por allá.
Antes de que se hiciera más tarde, decidimos seguir ruta. El objetivo, llegar a Sapecho. Faltaban unos cuantos quilómetros, pero, sin tener demasiado claro cuánto tiempo nos podía llevar recorrerlos, nos propusimos de todas maneras tratar de llegar.
XI
De Zapecho ya habíamos oído hablar, nosotros, en Cochabamba. Fue en un local en la avenida Heroínas, que descubrimos a poco de llegar, donde vendían chocolate de una fábrica local, El Ceibo. Nuestra historia con el Ceibo fue variando a lo largo de nuestra estadía en Cocha.
El primer día hablamos con Daisy, la empleada, que nos contó que había abierto el local hacía poco, haciendo una apuesta por abrir el mercado en Cochabamba. Su familia, nos contó, trabaja en El Ceibo, en el pueblo en el que ella se crío, Sapecho. Y ahora ella está intentando hacerse camino en la ciudad, aunque aún, para el momento en que la conocimos, las ventas no terminaban de arrancar.
Así, varios caminos se cruzaron. La necesidad de Daisy de hacer publicidad, nuestras ganas de comer chocolate (es de li cio so) y los instrumentos nos llevaron a proponerle hacer música en la calle, repartiendo volantes e invitando a la gente al negocio, y, más aún, incluso a hacer un jingle especialmente para El Ceibo.
Lo más raro de todo es que a Daisy le encantó la idea. Aunque nos dijo que, si nos quedábamos más tiempo en Cochabamba, podíamos esperar unos días para inaugurar en una feria de productos hechos sin químicos.
Se imaginarán nuestra emoción. Y lo divertido del desafío. El éxtasis creció aún más cuando seguimos hablando con Daisy, ahora acerca de su pueblo, y se nos ocurrió que podíamos, tal vez, parar en la casa de alguno de sus parientes y hacer talleres en el pueblo. También le gustó la idea.
Vale aclarar, de todas formas, que la comunicación no era de lo más fluida.
Así empezó nuestra relación con Sapecho. Un pueblo que se convirtió, para nosotros, en la única parada casi segura en el camino que, aún sin saber si íbamos a hacer con Bandito, pensábamos hacer en la ruta desde Coroico a Guayará-Mirim, frontera con Brasil. Para entonces, pensábamos llegar con otros tiempos, y con una relación establecida con la familia de Daisy.
Era mediados de noviembre.
Las cosas no fueron, sin embargo, como pensábamos. Las dificultades de comunicación con Daisy, más nuestro propio cuelgue, hicieron que nunca hiciéramos la publicidad. Aún así, siempre mantuvimos la mejor onda con ella. Y cuando llegó el momento de la partida, nos acercamos a charlar acerca de la posible estadía en Zapecho. Pero el panorama tampoco fue el mejor. En donde viven sus padres no hay teléfono, ni tienen celular. Y no hay manera de comunicarse.
Además, nos habló de manera tal de la malaria y los bichos en verano, que no parecía tampoco la mejor opción para quedarse. De cualquier manera, no la descartamos, y pensamos que, si llegábamos con tiempo, podíamos buscarle la vuelta.
Como el lector ya está enterado, esto no fue así. Alrededor de las cinco de la tarde aún faltaban unos cuantos quilómetros para llegar al pueblo, y al día siguiente, por más ganas que tuviéramos de taller, teníamos que seguir para alcanzar la frontera en tiempo y forma. Aún así, era el nombre que teníamos a mano, y no nos parecía una mala opción.
Avanzamos, Mike manejando siempre (hasta varios días de comenzada la ruta no manejó otro). Comenzó el atardecer, y Mike seguía manejando. La ruta se hizo plana, ya no montañosa, y comenzamos a ir más rápido. Se hizo de noche sin que paremos. Y la noche avanzó. Lechu y yo íbamos atrás, tratando de decirle a Mike que estaba bien el tratar de llegar pronto, pero que tampoco hacía tanta falta. Pero la comunicación estaba difícil
Se escuchaba a Bandito golpear su parte inferior contra el suelo, en los pozos, y Mike, aferrado al volante, seguía meta y meta avanzar.
Como a las nueve de la noche, por lo menos, llegamos a un lugar donde había algunas luces, y propusimos parar. Frenamos ahí, y preguntamos dónde estábamos. Puente Alto Beni. Sapecho, nos dijeron, estaba a unos veinte quilómetros.
Lo que implicaba, por lo menos, una media hora de viaje.
Convencimos, finalmente, a Mike, de que no hacía falta seguir ese mismo día. Y decidimos hacer noche ahí. Donde pudiéramos.
XII
Preguntamos, en un negocio aún abierto, si se les ocurría dónde poner las carpas. Nos señalaron un lugar, detrás de la tienda. Un descampado, propiedad, al parecer, de ellos mismos, entre algunas casas.
Puente Alto Beni no es siquiera un pueblo. Es más bien un caserío, con una estación de servicio y un par de negocios, que están junto a un puente relativamente importante en la zona. Llevamos a Bandito detrás del negocio, y comenzamos a ver un lugar en el cual pudiéramos instalarnos.
Bajamos con las linternas a explorar. El sitio que nos habían dicho era puro pastizal, no estaba tan fácil. Pero atrás, entre unos árboles, había algún pedacito de terreno llano, donde un par de carpas podían entrar no tan incómodas.
Esquivamos los chanchos, atados y gritando, caminamos con cuidado de no cruzarnos ninguna víbora, y nos dividimos las tareas: dos a preparar las carpas, dos a cocinar. No recuerdo el menú para esa noche, pero calculo un arroz con curry de mango, que fue una receta bastante habitual.
Aunque nosotros no estábamos excesivamente limpios, y aunque el lugar, nos dimos cuenta al ratito de llegar, tenía cierto olor no muy agradable, producto de estar junto a un baño (en muchas casas fuera de la ciudad, aclaro por las dudas, el baño está afuera) pudimos cenar bastante contentos de estar ahí, y al rato nos fuimos a dormir.
Amaneció, nos despertamos temprano. Y salimos tarde.
Esta vez, las variables fueron otras. Al desayuno siempre de cocción lenta del que no había modo de mover a Sally (pero que, hay que reconocerlo, nos hacía aguantar un buen trecho de la mañana) y el tiempo largo en rearmar el equipaje en Bandito, situaciones cotidianas, le sumamos otra novedosa. La noche anterior habíamos dejado las pilas de la cámara, que estaban totalmente descargadas, recargándose en el negocio que estaba abierto, confiando en que abriera temprano. Pero cuando fuimos a retirarlo, nos encontramos con que los dueños se habían ido a su chacra a carnear chanchos.
Empezamos a buscar opciones: el padre de la dueña vivía enfrente, y una vecina lo fue a buscar. Pero no tenía la llave. Preguntamos si otro vecino no podía tenerla, pero no encontramos ninguno. Averiguamos cómo ir hasta la chacra, y, cuando estábamos por subir a Bandito, apareció, en bici, uno de los chicos de la familia, llave en mano. Nos dio el cargador, con las pilas, y, tras negociar cuánto le pagaríamos (pidió un dinero totalmente excesivo) pudimos irnos en paz. No eran las diez y media, pero tampoco menos de las nueve.
Y el día tendría otra parada inevitable. A veinte kilómetros, nadie quería dejar de pasar por Sapecho. Nosotros, por conocer el pueblo del que tanto habíamos hablado. Todos, para conocer el local de El Ceibo y comprar chocolate.
En el camino, y para la ruta, empecé a preparar un mate. Pero cuando iba a empezar a cebar, llegamos al pueblo. Y propuse postergarlo hasta arrancar de nuevo el camino. De acuerdo estuvieron. Preguntamos por el local del ceibo, y indicaron dónde era.
Chocolate con quinoa, con maní, con pasas de uva, con arroz. Varias variedades, para aprovisionarnos. Y, aún con el amargo trago de que chocolate amargo no había, nos fuimos contentos. Subimos a Bandito con varias tabletas, barritas y otros yeites. Y, para arrancar el segundo día de rally, cuando habíamos hecho dos cuadras, me dispuse a retomar el mate.
Con un inconveniente. Por ningún lado encontraba la bombilla.
(continuará, tal vez en unos días, tal vez antes...)
sábado, 2 de enero de 2010
De La Paz a Riberalta (tercera entrega)
(más imágenes acá)
"Debe importarme el agua y el color. Nada más.
Y la noche, cuando el agua desembarca todas las apariciones"
(Francisco Madariaga)
"Creo en las raíces innumerables de mi canto"
(Gioconda Belli)
VII
Vamos siguiendo la ruta de las aguas. Acompañado la crecida, los movimientos, las corrientes.
Vamos camino hacia el mar. Aunque esté lejos, se oye, tan distante como adentro, su latido.
Una línea con variaciones, pero constante, que no se corta nunca. Desde los manantiales escondidos, pasando por saltos, arroyos, cascadas, ríos, seguimos el camino del agua, que va hilando el continente desde las alturas altiplánicas hasta la arena de la playa, atravesando y dejando atrás la amazonia.
En este itinerario, Coroico, última parada en la altura. Última despedida del mundo de los cerros.
Casi en la cima de la pendiente en la que descansa el pueblo, en un lugar llamado El Calvario, donde una iglesia pequeña y simpática es la única construción, armamos nuestras carpas. Un terreno plano, más que adecuado. Árboles que dejan caer ramas y hojas para encender fuego. Y la vista, inmensa, con las luces de los pueblos y caseríos de la zona dejándose entrever entre la neblina. Anochecer. Llegamos.
Pero entre esa llegada y el arribo a Coroico no faltó trajín.
Pasada la tranca de ingreso al pueblo, preguntamos por la plaza principal, y hacia allí dirigimos a Bandito. Estacionando en la calle, Lechu y yo salimos por un lado, a averiguar por un lugar donde poner las carpas y el coche, Sally por otro. Mike se quedó cuidando. Debían ser las cuatro o cinco de la tarde.
Luego de averiguar, infructosamente, en el municipio, empezamos a caminar hacia abajo, por una escalera. En el camino, nos cruzamos con un hombre, y aprovechamos para preguntarle, también, si sabía de algún lugar en el que fuera posible acampar. Responde que sí: a veces, en la cancha de fútbol, si se habla con el cuidador, él habilita un espacio.
Seguimos bajando, en busca de la cancha, un par de cuadras más, hasta que llegamos. Pronto encontramos al cuidador, que estaba en una casilla al lado, y convenimos, con él, en pagar dos bolivianos por cada carpa, por cada noche. Es un muy buen precio, además de que nos permite, propina mediante, usar los baños. Y el lugar está bastante bien.
Sin embargo, al llegar nuevamente a Bandito, contentos con la novedad, Sally anuncia que también ella había encontrado un lugar. Y que, al parecer, era gratis. De nombre El Calvario, estaba hacia arriba, siguiendo una calle que se abría desde la plaza.
Hacia allí fuimos, pensando que era cerca.
Por supuesto que no. Con Bandito avanzando dificultosamente hacia las alturas, mirábamos ansiosos hacia adelante, esperando encontrarnos con un hotel que estaba, según lo anunciado, poco antes del lugar. Pero no aparecía. Peor fue cuando el camino se puso más empinado y Bandito, aún con toda su voluntad de trepar, se detuvo. Cuesta arriba estábamos. Y faltando aún recorrer un trecho, con la gravedad en contra, hubo que empujar.
Por suerte, el motor no tardó en arrancar, y el resto de la subida fue, aunque lento, sin problemas. Claro que nosotros lo hicimos caminando. Pero tampoco venía mal luego de todo el día en el coche. Y al llegar, nos vimos recompensados con un lugar bastante ideal para acampar, y una vista fenomenal, mirador hacia los aires, los verdes y las aguas de los yungas.
Digno paraje para nuestro último destino en las alturas.
VIII
La noche fue estrellada, de a ratos, nublada, en otros momentos. Hicimos un fuego cerca de las carpas y la camioneta, preparamos la cena y nos quedamos un rato tocando, jugando com trombón y guitarra, cerca de las brasas.
Dormi bien, esa noche, y a la mañana me levante temprano, antes que el resto. Lloviznaba, apenas. Decidi esperarlos para el desayuno, y busque cobijo en la iglesia, sentado afuera, bajo un pequeño techo, sentándome a leer el Quijote. Amo esos momentos para la lectura: de mañana bien temprano, el mundo quieto, casi en silencio. Más aún con grises en el cielo.
Al rato empezó a llegar un grupo de jóvenes, chicos de escuela secundaria, más o menos, que subían, en excursión, el cerro. Primero eran dos o tres, luego algunos más, hasta que la planície del Calvario se fue llenando de gente. Invasión.
Con el ruido se fueron despertando mis compañeros, y preparamos, entonces, la avena para el desayuno. Comimos tranquilos, despaciosamente. Al rato el grupo se dispersó, colina abajo, y nosotros, habiendo ya terminado de comer, nos pusimos a hacer cálculos acerca de cuánto nos debería llevar llegar hasta Guayará-Merín, la frontera con Brasil. Sorprendentemente, al menos si lo pienso desde hoy, en ningún momento se nos había ocurrido calcular cuántos kilómetros eran. Sólo sabíamos que la ruta era de tierra, estaba em muy malas condiciones, y que había algunos lugares bastante despoblados en el camino.
Miramos el mapa, sumamos distancias, y la cifra nos asombró. O, más bien, nos alarmo: mil kilómetros para recorrer en una semana. El plazo estaba dado no sólo por nuestras ganas de llegar al río, primero, a la playa, luego, sino también por el vencimiento del plazo para nuestra estadía en Bolivia. Difícil. Una travesía que pensábamos hacer con varias paradas de descanso, pasaba a convertirse, de pronto, en un rally.
De cualquier manera, decidimos pasar ese último día tranquilos y en el pueblo. Sabiendo que probablemente luego no íbamos a tener la posibilidad de pasar dos noches en el mismo lugar, nos parecia necesario hacer una despedida.
Decidimos salir. Sally fue por un lado, Lechu y yo por outro, Mike se quedó arreglando el auto. A lo largo de la semana, Mike se la pasó constantemente arreglando a Bandito. Y no necesariamente porque estuviera roto. O al menos ésa era la sensación que daba.
Nosotros teníamos un par de planes. Comprar una pala, para el posible barro en la ruta, ir hasta Tocaña, un pueblo vecino, a tratar de conseguir guanchas, y comprar las cosas para la cena y un chocolate para Mike. La guancha es un instrumento de percusión característico de la música afroboliviana, en los yungas. Lechu había tocado uno en Buenos Aires, y tenía la idea de llevarse un par para allá.
Bajamos hasta el pueblo, y comenzamos a preguntar cómo ir a Tocaña. El dia anterior nos habían dicho que quedaba cerca, a media hora de camino. Pero esa media hora resultó ser con movilidad, como le dicen en Bolívia al estar con auto, o algún vehículo. No habiendo transporte público hasta allí, y descartado pagar un taxi, nos resignamos a dejar las guanchas para otro viaje. Si de cualquier manera esperamos volver pronto.
Así, el dia se fue pasando sin demasiados eventos destacados. Conocimos a un fabricante de guanchas en Coroico mismo, pero que no tenía ninguna a mano como para vender. Compramos frutas, verduras, víveres para esa noche y los próximos dias. Y, muy importante, jugamos un buen rato al fútbol. No en la cancha grande, que nos habían ofrecido para acampar, sino en una de cemento, y más pequeña. Vale igual.
Se hizo de noche, y pegamos la vuelta, com varias verduras ricas embolsadas y un plan de guiso de lentejas, que ya estaban en remojo desde la mañana. Fuego, dejar venir la oscuridad, mirar al vacío entre las montañas. Las luces que se encienden en las colinas y cerca del río, abajo. Las lentejas van cociéndose despacio y, del fogón, junto con el sonido de la olla vibrando, sale el aroma a laurel.
Esa noche, más cansados, y sabiendo que había que levantarse temprano al dia siguiente, no hubo música. Nos acostamos pronto, sin mucha más actividad.
XIX
Al día siguiente, aún levantándonos temprano, no fue demasiado temprano que salimos. En otra constante que iba a aparecer luego, cada dia, demoramos unas dos horas en estar en ruta.
Primero, porque no fue tan fácil levantar campamento. Cuatro personas es bastante, siempre alguien se demora, cuesta encontrar el ritmo grupal. Bandito, por otro lado, cuenta por lo menos como una persona más. Hay que mimarlo, acomodarlo, prepararlo para que pueda salir. Y aún así, a veces necesita también de un empujón.
Además, esa mañana, contamos con otro inconveniente. Como, por las dudas, no convenia bajar la cuesta subidos a Bandito, Mike fue el único que lo hizo arriba del coche. Manejando, claro. Los otros tres, descendimos a pie. Sally primera, sola, Lechu y yo unos minutos después y atrás. Mike terminaba de hacer un arreglito y bajaba.
En el camino, después de unos quince minutos, Bandito apareció detrás nuestro. Y caminando al lado, fuimos juntos hasta la plaza. Pero Sally no estaba. Por ningún lado.
La esperamos un rato en la plaza. Caminamos por los alrededores, nos fijamos en los negocios, y nada. Pensamos, entonces, que tal vez estaría más abajo, siguiendo camino hacia la ruta. Y hacia allí fuimos. Pero después de andar unas cuantas cuadras y llegar hasta la tranca, no había rastros de la danesa. Que, para ese momento, empezaba a fastidiarnos un poco.
Preguntamos, en los alrededores, por uma gringa, choca (rubia) que estuviera caminando sola. Pero nadie sabía nada. Esperamos, sentados, unos minutos. Y nada.
Decidimos, entonces, que uno de nosotros fuese para la plaza, nuevamente, a ver si había quedado por ahí, en algún lado. Por otro lado, la plaza es siempre un posible punto de encuentro. Me ofrecí, y caminé las cuadras que había desde la tranca hasta el centro del pueblo. Y recorri la plaza, de vuelta, las calles aledañas, entré en los negocios, pregunté a la gente, nada.
El único dato me lo dio un hombre, al que, después de un rato de explicaciones, logré entenderle que había visto a una mujer rubia cerca de ahí. Pero caminando con otra más. Improbable. Además, el hombre estaba bastante borracho.
Un misterio.Y un enojo importante. Con la certeza de que no iba a decirle las cosas más lindas si me la encontraba por ahí, y pensando que tal vez podia haberse encontrado con Bandito abajo, decidí volver a la tranca. Pero al llegar Mike y Lechu estaban solos.
Eran, para entonces, las diez de la mañana, casi, y nosotros, que habíamos querido salir a las ocho, a más tardar, empezábamos a estar cada vez más fastidiados. Para colmo, Mike, que ya había viajado con Sally un buen tramo desde cerca de Santa Cruz hasta La Paz, nos contó que Sally solía desaparecer, cada tanto, que ya estaba acostumbrado a esperarla. Con una semana de rally por delante, en la que realmente necesitábamos llegar a la frontera antes de navidad, el dato nos preocupó no poco.
Decidimos ir los tres, con Bandito, más visible que uno solo de nosotros, hasta la plaza. Y al llegar a la primera esquina, ahí estaba, sentada, tomando un jugo junto a un negocio.
(en inglés, el diálogo de ahora)
- ¿Dónde estabas, Sally?
- No, ¿dónde estaban ustedes? Los estuve esperando acá en la plaza.
Mejor, ni le respondemos. Incluso preferimos quedarnos con la intriga de dónde estuvo y qué hizo todo ese rato. Mejor, seguir camino.
Vamos hacia Caranavi, sin idea de cuánto vamos a tardar, sin idea de dónde vamos a pasar la noche.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Feliz reveillón, o como se escriba
Cuanta saudadeeeeeeeeee, grosa.
Pero bueno, aquí estamo, en Porto Velho, Estado do Rondônia, Brasil. Y aquí festejaremos el final del 2009, alta movida el 2009 y la llegada del 2010, que promete, supongo ser tan intenso como el que se va pero veremos qué nos depara. Y a disfrutar.
La verdad la verdad, que los extraño.
Les deseo un muy feliz año 2010. Que la pasen muy bonito.
Y aquí estaremos brindando, supongo que dos o tres veces. Una con Juli y Tom, que están en Bahía y son dos horas más que acá, otra con todos los argentinos y otra entre nosotros, con toda la gente que conocimos en Bolivia también.
Me hace acordar un poco a una canción del Cuchi y Castilla, de la que el Cuchi cuenta la historia en un disco, que habla de un leñador que vive en un lugar y está pensando en el otro y cuando se iba pal otro pensaba en el uno. Y é un poco así, qué se le va cé.
Bueno, aquí estamos.
Muchos saludos para todos.
Ah! quería también invitar a que vean fotitos nuevas que subimos. Muchas.
http://picasaweb.google.com/laficyp/DesdeLaPazHastaRiberalta#
Pero bueno, aquí estamo, en Porto Velho, Estado do Rondônia, Brasil. Y aquí festejaremos el final del 2009, alta movida el 2009 y la llegada del 2010, que promete, supongo ser tan intenso como el que se va pero veremos qué nos depara. Y a disfrutar.
La verdad la verdad, que los extraño.
Les deseo un muy feliz año 2010. Que la pasen muy bonito.
Y aquí estaremos brindando, supongo que dos o tres veces. Una con Juli y Tom, que están en Bahía y son dos horas más que acá, otra con todos los argentinos y otra entre nosotros, con toda la gente que conocimos en Bolivia también.
Me hace acordar un poco a una canción del Cuchi y Castilla, de la que el Cuchi cuenta la historia en un disco, que habla de un leñador que vive en un lugar y está pensando en el otro y cuando se iba pal otro pensaba en el uno. Y é un poco así, qué se le va cé.
Bueno, aquí estamos.
Muchos saludos para todos.
Ah! quería también invitar a que vean fotitos nuevas que subimos. Muchas.
http://picasaweb.google.com/laficyp/DesdeLaPazHastaRiberalta#
martes, 29 de diciembre de 2009
De La Paz a Riberalta (segunda entrega)
IV
Parecía un buen lugar, campo arriba. Un poco más despejado de arbustos que como venía antes el costado del camino, un terreno que, con optimismo, se podía considerar plano.
Pero cuando bajamos del lugar nos dimos cuenta que no iba a estar tan fácil el armado de la carpa. No sólo el frío, que paralizaba las manos. Sin cerro al costado, sin árboles a la vista, el viento corría furioso de un lado para el otro. Tal como bajamos del coche, volvimos a subirnos. Y a decidir cómo íbamos a pasar la noche.
Acá empezarán a quererlo, a Bandito. Porque, aunque pequeño, logró albergarnos, esa noche, a los cuatro acostados uno pegadito al otro. No es que fuera el cincoestrellato (que ya aparecerá más luego) en camas y holguras, pero podíamos decir, parafraseando a un gran amigo, que estábamos tranquilos, teníamos nuestro colchón. Es cierto que no todos quedamos tranquilos, pero eso lo veríamos después.
Bandito, digno heredero de unos cuantos dibujos animados de nuestra infancia, se transformó, de pronto, de un coche con dos filas de asientos y baúl a una cama rodante, levemente acolchonada, lo suficientemente larga y casi suficientemente ancha como para acomodarnos, en cuarteto, en su interior. Y, arropados con lo primero que teníamos a mano, incluyendo los aguayos antiguos comprados en La Paz, nos dispusimos para dormir.
Enyoguizarse, más vale. La respiración calma, el cuerpo relajado. A no desesperarse. Que los pies tocan los hombros de los compañeros, de la nariz al techo está lejos de haber medio metro, que cualquier movimiento brusco y en falso puede hacer doler a los demás. Ojos cerrados, a pensar en otra cosa, y que venga el sueño.
Y así fue. Aunque no para todos.
La disposición de los cuerpos, de un lado al otro, era: Mike, Sally, yo, Lechu. Luego de un buen rato de dormir, relativamente templado, siento de pronto algún frío, y registro que el compañero de la derecha, léase el mismo con el que estamos conviviendo hoy hace casi cuatro meses, se ausentó del coche devenido en hogar. Me intriga la salida, más teniendo en cuenta el frío que hacía afuera. Y presupongo una urgencia estomacal, que lo habría obligado a bajar hasta la estación de servicio en busca de un baño, o al menos de un lugar sin tanto viento.
Creí confirmar mi hipótesis rato después. Lechu vuelve (por supuesto que era más que imposible preguntarle qué onda) se acostó un rato, y, pasado algún tiempo, se ausenta nuevamente. Otra vez al baño, imagino.
A todo esto, vale aclarar, cada vez que quedábamos tres en Bandito, me atacaba el frío. Que, en ese momento al menos, el rol más importante de mi amigo casi hermano era el de hacer de abrigo y cubrirme la entrada del chiflete del costado.
Mi hipótesis no era, sin embargo, la correcta. Y me iba a enterar de mi error sin que ni siquiera venga la mañana.
Siendo noche aún, aunque cerca de amanecer, con el Lechu al fin durmiendo a mi lado (observen qué romántico) siento que golpean a la ventana de Bandito. Y que Lechu entabla un diálogo no muy amistoso con un señor, que nos estaba instando a irnos. No eran, aclaro, ni las seis de la mañana. Y la comunicación, muy difícil.
El hombre, dueño de una casa que estaba a unos cien metros, y, evidentemente, del terreno, parecía entre asustado y enojado por nuestra presencia, y amenazaba con llamar al coronel.
Tampoco nosotos sabemos quién era el coronel.
No hubo forma de explicarle que estábamos pasando sólo esta noche, que en un rato nos íbamos, que nos moríamos de sueño y queríamos dormir un rato más.
Y si no hubo forma de explicarle algo tan sencillo, menos hubiera podido Lechu contarle cómo, al rato de entar a la camioneta para dormir, comenzó a sentirse sin aire, encerrado, y, aún con el frío intensísimo afuera, debió salir para respirar. Como se quedó un rato afuera, y, cuando pensó que ya estaba bien, volvió a entrar, pero luego de unos minutos sin poder dormirse se dio cuenta que nuevamente necesitaba estar afuera, y se quedó rato largo, hasta que de nuevo pudo entrar, y así hasta que, ya pasadas varias horas de la noche, logró empezar a adormecerse.
Y golpearon a la ventana.
Claro que todo esto no se lo contó Lechu al señor que nos despertó, sino que me lo dijo a mí, poco después, ya abajo, en la ruta, tratando de irnos antes de que llegue el coronel. Porque en ningún momento el señor aceptó dejar de llamarlo, aún cuando partiéramos en ese mismo instante.
Seis de la mañana. A cambio del madrugón indeseado, un hermoso amanecer. Y todas las horas del mundo para comenzar a andar.
En ruta, entonces, los últimos quilómetros del altiplano, hasta el camino de la muerte.
V
Paramos a desayunar en el camino, junto a una tranca (así llaman en Bolivia al peaje). Café, mate de coca, algún pancito, una que otra galleta. Las cholas de la zona, levantadas desde muy temprano, estaban ya en sus puestos para asistir a los viajeros.
Al Lechu, aún muerto de sueño y aterido de frío, hubo que llevarle el mate de coca al coche, no sin antes convencer a la dueña de la taza de que la vajilla no se iba con nosotros. Nos repusimos un poco de la temprana levantada, y seguimos viaje. Pocos quilómetros después llegamos hasta la cumbre, y, en seguida, un control policial. Bajamos, fuimos al baño, empezamos a disfrutar del sol que empezaba a calentar, de a poco.
Comenzaba el descenso de las cimas de los Andes. A nuestra derecha, una quebrada inmensa, con un pequeño arroyo al fondo. En la otra pared de la montaña, enfrente, la primera cascada del camino. Linda en esa hora de la mañana, mensajera de lo que estaba por venir. Media horita de relajo, y luego a seguir.
El paisaje comenzó a ponerse más poblado de verdes. Arbustos más altos, plantas más grandes, y hasta algunos árboles empezaban a destacar luego de tanto desierto. Aparecían otros pájaros, mientras el camino, con curvas suaves, iba bajando de a poco. A la derecha seguía la quebrada, cielo abierto arriba.
Al rato encontramos un sitio y paramos a desayunar. El menú, que iba a convertirse en base de cada día, propuesto con entusiasmo desmesurado (que también iba a estar cada día, para esa misma base) por Sally: avena con frutas. A encender el fuego, buscar leña para poner en el techo, por las dudas, y preparar lo que nos iba a sustentar por un rato largo.
La verdad, y para mi sorpresa, rico. Más de lo que fue otras veces, en las cuales, creo, quién lo preparó le había puesto azúcar en demasía. Ahora, no se si porque le tomé cariño, le encontré el gusto o me acostumbré, pienso incorporarlo a mi dieta en Buenos Aires. Quizá.
Luego de desayunar, agarramos el bombito: un bombo leguero pequeño de reciente adquisición en La Paz (y que no iba a durar demasiado) y, guitarra y trombón (Mike es trombonista, también) largamos unas zambas. Y seguimos camino.
Pronto debía aparecer la división de rutas. Y, a nuestra derecha, el comienzo de la afamada ruta de la muerte.
Íbamos con entusiasmo al encuentro de este camino. Primero, porque teníamos varios comentarios de que los paisajes eran, allí, muy hermosos. Segundo, porque sabíamos que, con la escasa velocidad a la que Bandito puede llegar, "el de la muerte" le quedaba, al menos, raro. Más porque no teníamos apuro, y sí ganas de ir conéctandonos lindo y de a poco con la naturaleza alrededor.
Preguntamos un par de veces, para no pasarnos. Y, finalmente, apareció. Por supuesto, sin un cartel. Pero clara como la única bifurcación en unos cuantos kilómetros, y con una pendiente interesante. Al camino de tierra, entonces. Hacia Coroico. Hacia Los Yungas. A empezar, ahora en serio, el camino al Amazonas.
VI
Cada tanto cae agua de golpe. En chorros poderosos, pequeñas tormentas eternas. Se siente la humedad, desde unos segundos antes, y de repente se larga. Furiosa. Al costado, no llueve, adelante tampoco. Son unos segundos de atravesar la cascada y el sol empieza de nuevo a secar todo.
Cada tanto el precipicio pone inmensa la envidia que, naturalmente, ya les tengo a los pájaros. Tanto aire, tanto. Y tan lindo todo alrededor. Pero el coche dobla, sigue camino, pegadito a los muros. Como mucho, parar para sacar fotos, no sin vértigo.
La cosa empieza a ponerse verde, empieza a tomar otro color de vida. Se cruzan las mariposas por arriba, por adelante, por los costados.
Nosotros vamos despacio, sin apuro, parando mucho. Gozándola.
Cada tanto, los ciclistas nos pasan. Cada tanto, los encontramos descansando en algún recodo del camino. Desde La Paz se ofrecen excursiones de mountain bike, aprovechando la fama del camino. Y no sólo la fama. Realmente parece valer la pena, aunque cuesta unos cuantos dólares.
Es increíble la cantidad de metros que bajamos en un rato. Vamos rodeando la montaña como carcomiéndola, dándole vueltas. Bajando, bajando, bajando.
Es también increíble que hayamos pasado la noche anterior en un lugar tan árido, y tan cerca.
Al mismo tiempo, sabemos que es aún muy distinto a lo que falta. El agua, límpida, recuerda que el Illimani, con las nieves eternas, tampoco está tan lejos. Se ven las puntas de los cerros, se ve que los chorros están aún jóvenes, próximos a las nacientes. De ellos cargamos agua para tomar, llenando las botellas.
En una de estas paradas, el chofer de una camioneta de la excursión de las bicis se para al lado nuestro y conversamos con él. Nos explica algunas cosas del camino: que, en algunos tramos, hay que manejar a la izquierda, para dejar pasar a los que suben por el lado de adentro; que lo mismo es en cierto tramo de la ruta hasta Caranavi; que, para llegar a Coroico, se arriba primero a otro pueblo, abajo, Yolosa, y de ahí hay que subir siete quilómetros. Tememos por el motor de Bandito, pero también tenemos fe. Y paciencia.
Llegamos a Yolosa al mediodía. Ahí almorzamos, cocinando unos fideos con una salsa de mangos exquisita (otra ocurrencia de Sally, cuyo mundo gastronómico parece girar, básicamente en torno al mango, la avena, el pan y la banana, todo con entusiasmo desbordante) y nos bañamos en el río, un rato. Descansamos un poco y arrancamos la subida. con el comienzo de la tarde, que, de a poco, empieza a hacer bajar el sol.
El camino es de piedra, lindo, y volvemos a ver desde arriba toda la quebrada, y desde el otro lado de la quebrada la ruta que hemos recorrido. Luego de hora y pico, llegamos a una tranca. Bienvenidos a Coroico.
Será acá la noche, y el último día de descanso antes del rally. Pero aún no sabemos lo que nos espera. Seguimos creyendo que son muchos menos quilómetros de los que nos enteraríamos al día siguiente.
Mientras tanto, llegamos al pueblo y vamos a buscar un lugar donde acampar.
Estampas de Guajará-Mirim
El carimbo
No fue tan fácil la entrada a Brasil. Aunque la noche de la llegada fue plena euforia, por el portugués, la música, la mesma sensación de estar en Brasil, al día siguiente aparecieron algunos problemas. Uno de los principales, con el sello del pasaporte. Aquí llamado carimbo.
Como era 25 de diciembre, la parte de migraciones de la policía (donde acá se hace dicho trámite) estaba cerrada, y el policía que nos recibió, aunque perfectamente podría habernos sellado, nos hizo un conflicto absurdo, diciendo que tenían órdenes de no dejar pasar a gente que pudiera quedarse a vivir con medios como artesanías o malabares. Una especie de ley anti-mochileros. Vino con nosotros hasta el hotel, a revisar las cosas, y nos dijo que teníamos que esperar hasta el lunes para que el jefe decidiera si nos dejaba entrar o no.
Era viernes.
Pasó todo el fin de semana lleno de dudas, por lo absurdo del planteo. Para un argentino, no debería haber problema alguno para entrar en Brasil. Y yo, por primera vez en muchos años, estoy viajando con el pasaporte argentino. Pero no hay caso.
Averiguamos, nos cubrimos con teléfonos de mis parientes de San Pablo, del consulado y otros discursos posibles para pasar sin drama. Innecesario. El lunes, al ir a la policía, nos recibió una gente totalmente distinta, y, más allá de preguntarnos por qué teníamos el sello de salida de Bolivia hace cinco días, no hubo problema alguno.
Carimbados.
Ahora sí, también legalmente, estamos en Brasil.
Bem-vindos
El hombre solitario
Hay en nuestro hotel, el Fénix, un hombre solitario. De cabeza grande, semicalvo, mirada triste, lo cruzamos cada tanto en la terraza o en las mesas que el supermercado, del mismo dueño, pone en la vereda para que la gente tome cerveza.
La primera vez que lo vimos fue tocando en un restaurant. Estaba comiendo, solo, por supuesto.
Sonrió, con mirada saudosa, y colaboró. No sabíamos que estaba en nuestro hotel, pero desde entonces nos lo cruzamos varias veces. ¿Qué vino a hacer a Guajará-Mirim? ¿Qué hace de su vida en Porto Velho? Nos dijo que allí vive, aunque es cearense, de Fortaleza.
Dan ganas de conversar con él, pero no es tan fácil.
A veces, alguna gente invita a estos misterios.
La onda con los músicos 1
Ayer fue el primer día que, ya carimbados, pudimos dedicarnos a trabajar. Me refiero, con esto, a tocar en los restaurantes y bares y pasar la gorra.
Salimos al mediodía, un poco tarde, pero dispuestos a, aunque sea, hacer dos o tres lugares. Pero después del primero nos dimos cuenta que muchos estaban cerrados, o vacíos, y el sol pegaba fuerte. Encontramos uno a un costado, la Casa do chef, y nos acercamos para ver si daba para tocar.
Ni bien pusimos la ñata contra el vidrio, para curiosear, la puerta se abrió y una mujer nos invitó a pasar. Le explicamos lo que queríamos y nos dijo que, a esa hora, no íbamos a encontrar ya gente en los restaurantes. Que nos quedásemos a comer ahí. Que nos hacía un precio.
Le preguntamos cuánto, y le entendimos que 3 reales cada uno, comida libre. Nos sorprendió, pero como era muy simpática, le creímos y fuimos a llenar los platos, con ensaladas fresquísimas, carnes tiernas y de distintos animales, salsas que hace rato no probábamos. Ahí vimos el precio del restaurant: 13 reales, tenedor libre.
Nos sentamos, entonces, mientras seguíamos comentando qué barato nos parecía. ¿Será que tiene un hijo músico que anda rodando mundo? ¿Qué es excesivamente buena onda? No encontrábamos una respuesta.
En seguida vino la moza, preguntó por bebidas y pedimos una Sprite, en lata. Comenzamos a comer y nos encontramos con una sorpresa: un aceite con especias que le habíamos puesto a la ensalada era notablemente picante. Así que hubo que pedir otra lata.
Ahí miramos el papel en el que la moza iba anotando lo que consumíamos. Además de las bebidas, decía 13 reales. Ahí nos pareció entender mejor lo que pasaba: no era tres reales cada uno, sino 13 por los dos. En eso consistía el hacernos precio.
Terminamos de comer, me levanté para pagar. No había sido, finalmente, tan barato, pero habíamos tenido un gran almuerzo sin pagar tanto. Eso parecía.
Cuando le entrego el papelito, la dueña, en la caja, la misma que nos había dicho que nos hacía precio, nos dice que la cuenta total era de 31 reales. Qué cosa, no? Con la misma sonrisa.
Nos la mandó a guardar. Y nosotros que somos tan de confiar en la gente.
La onda con los músicos 2
Cambió la cosa a la noche. No sólo tuvimos varias tocadas lindas, incluyendo festejo de cumpleaños y un restaurant con la gente pidiendo otra una y otra vez, y tocando siete u ocho temas. En una casa de saltenhas (empanadas) tocamos sin gran éxito económico, pero con buena onda de la gente del local. Y cuando nos estábamos yendo, un tipo de una mesa nos dice que esperemos, que nos llaman de adentro.
- Querem comer?
Y mirá si le vamos a decir que no. Resolvimos, eso sí, no pagar bajo ningún punto de vista. No hizo falta. Nos hicieron sentar, nos dieron dos empanadotas a cada uno, nos trajeron una coca-cola grande y, antes de irnos, charlamos un rato con la encargada.
- Voltem outro día.
Les gustó la música. Y tiraron buena onda. A veces toca, también
La luna en el río
Saturday night. Barcito con música en vivo, el dueño tocando. Llevamos los instrumentos, nos ofrecemos para hacer un par de temas, y nos dan escenario. Tocamos tres y bajamos. Bien, pero el quía no tenía ninguna gana de no estar al frente.
Nos quedamos un rato, tomando una cerveza, y se me ocurre irme a dar una vuelta al río. A la tarde habíamos encontrado un lugar bello, una especie de mirador, y la luna estaba gordita y baja, grande.
La fui mirando hasta llegar a la costa. Subí las escaleras, llegué hasta la baranda.
Miré.
De una orilla a la otra, temblando con el agua en la superficie, un camino perfecto, ancho, de un amarillo pálido, suave. Del pueblo hacia la selva, si se pudiera caminarlo. ¿Y de ahí para arriba?
Difícil el mate
Nos quedamos sin yerba, y conseguí una barata en el súper: se llama Laranjeiras. Pero no la recomiendo.
Al abrir el paquete y ponerla en el mate, me di cuenta que no iba a estar fácil. Puro polvo. Pero puro, eh? Y algunos palitos, pero nada intermedio. Raro, che.
Cada vez que queremos matear hay que sacudir y sacudir, y la yerba casi desaparece. Pero eso no es lo peor. Cuesta una barbaridad que no se tape. Le vamos buscando las mañas, poniéndole mucho huevo. No creo que la tiremos. Pero el problema es que compré un quilo, le tenía fe.
Para quien se venga para estos lados, ya sabe. Al menos cuál no. Cuando sepa cuál sí, aviso.
No fue tan fácil la entrada a Brasil. Aunque la noche de la llegada fue plena euforia, por el portugués, la música, la mesma sensación de estar en Brasil, al día siguiente aparecieron algunos problemas. Uno de los principales, con el sello del pasaporte. Aquí llamado carimbo.
Como era 25 de diciembre, la parte de migraciones de la policía (donde acá se hace dicho trámite) estaba cerrada, y el policía que nos recibió, aunque perfectamente podría habernos sellado, nos hizo un conflicto absurdo, diciendo que tenían órdenes de no dejar pasar a gente que pudiera quedarse a vivir con medios como artesanías o malabares. Una especie de ley anti-mochileros. Vino con nosotros hasta el hotel, a revisar las cosas, y nos dijo que teníamos que esperar hasta el lunes para que el jefe decidiera si nos dejaba entrar o no.
Era viernes.
Pasó todo el fin de semana lleno de dudas, por lo absurdo del planteo. Para un argentino, no debería haber problema alguno para entrar en Brasil. Y yo, por primera vez en muchos años, estoy viajando con el pasaporte argentino. Pero no hay caso.
Averiguamos, nos cubrimos con teléfonos de mis parientes de San Pablo, del consulado y otros discursos posibles para pasar sin drama. Innecesario. El lunes, al ir a la policía, nos recibió una gente totalmente distinta, y, más allá de preguntarnos por qué teníamos el sello de salida de Bolivia hace cinco días, no hubo problema alguno.
Carimbados.
Ahora sí, también legalmente, estamos en Brasil.
Bem-vindos
El hombre solitario
Hay en nuestro hotel, el Fénix, un hombre solitario. De cabeza grande, semicalvo, mirada triste, lo cruzamos cada tanto en la terraza o en las mesas que el supermercado, del mismo dueño, pone en la vereda para que la gente tome cerveza.
La primera vez que lo vimos fue tocando en un restaurant. Estaba comiendo, solo, por supuesto.
Sonrió, con mirada saudosa, y colaboró. No sabíamos que estaba en nuestro hotel, pero desde entonces nos lo cruzamos varias veces. ¿Qué vino a hacer a Guajará-Mirim? ¿Qué hace de su vida en Porto Velho? Nos dijo que allí vive, aunque es cearense, de Fortaleza.
Dan ganas de conversar con él, pero no es tan fácil.
A veces, alguna gente invita a estos misterios.
La onda con los músicos 1
Ayer fue el primer día que, ya carimbados, pudimos dedicarnos a trabajar. Me refiero, con esto, a tocar en los restaurantes y bares y pasar la gorra.
Salimos al mediodía, un poco tarde, pero dispuestos a, aunque sea, hacer dos o tres lugares. Pero después del primero nos dimos cuenta que muchos estaban cerrados, o vacíos, y el sol pegaba fuerte. Encontramos uno a un costado, la Casa do chef, y nos acercamos para ver si daba para tocar.
Ni bien pusimos la ñata contra el vidrio, para curiosear, la puerta se abrió y una mujer nos invitó a pasar. Le explicamos lo que queríamos y nos dijo que, a esa hora, no íbamos a encontrar ya gente en los restaurantes. Que nos quedásemos a comer ahí. Que nos hacía un precio.
Le preguntamos cuánto, y le entendimos que 3 reales cada uno, comida libre. Nos sorprendió, pero como era muy simpática, le creímos y fuimos a llenar los platos, con ensaladas fresquísimas, carnes tiernas y de distintos animales, salsas que hace rato no probábamos. Ahí vimos el precio del restaurant: 13 reales, tenedor libre.
Nos sentamos, entonces, mientras seguíamos comentando qué barato nos parecía. ¿Será que tiene un hijo músico que anda rodando mundo? ¿Qué es excesivamente buena onda? No encontrábamos una respuesta.
En seguida vino la moza, preguntó por bebidas y pedimos una Sprite, en lata. Comenzamos a comer y nos encontramos con una sorpresa: un aceite con especias que le habíamos puesto a la ensalada era notablemente picante. Así que hubo que pedir otra lata.
Ahí miramos el papel en el que la moza iba anotando lo que consumíamos. Además de las bebidas, decía 13 reales. Ahí nos pareció entender mejor lo que pasaba: no era tres reales cada uno, sino 13 por los dos. En eso consistía el hacernos precio.
Terminamos de comer, me levanté para pagar. No había sido, finalmente, tan barato, pero habíamos tenido un gran almuerzo sin pagar tanto. Eso parecía.
Cuando le entrego el papelito, la dueña, en la caja, la misma que nos había dicho que nos hacía precio, nos dice que la cuenta total era de 31 reales. Qué cosa, no? Con la misma sonrisa.
Nos la mandó a guardar. Y nosotros que somos tan de confiar en la gente.
La onda con los músicos 2
Cambió la cosa a la noche. No sólo tuvimos varias tocadas lindas, incluyendo festejo de cumpleaños y un restaurant con la gente pidiendo otra una y otra vez, y tocando siete u ocho temas. En una casa de saltenhas (empanadas) tocamos sin gran éxito económico, pero con buena onda de la gente del local. Y cuando nos estábamos yendo, un tipo de una mesa nos dice que esperemos, que nos llaman de adentro.
- Querem comer?
Y mirá si le vamos a decir que no. Resolvimos, eso sí, no pagar bajo ningún punto de vista. No hizo falta. Nos hicieron sentar, nos dieron dos empanadotas a cada uno, nos trajeron una coca-cola grande y, antes de irnos, charlamos un rato con la encargada.
- Voltem outro día.
Les gustó la música. Y tiraron buena onda. A veces toca, también
La luna en el río
Saturday night. Barcito con música en vivo, el dueño tocando. Llevamos los instrumentos, nos ofrecemos para hacer un par de temas, y nos dan escenario. Tocamos tres y bajamos. Bien, pero el quía no tenía ninguna gana de no estar al frente.
Nos quedamos un rato, tomando una cerveza, y se me ocurre irme a dar una vuelta al río. A la tarde habíamos encontrado un lugar bello, una especie de mirador, y la luna estaba gordita y baja, grande.
La fui mirando hasta llegar a la costa. Subí las escaleras, llegué hasta la baranda.
Miré.
De una orilla a la otra, temblando con el agua en la superficie, un camino perfecto, ancho, de un amarillo pálido, suave. Del pueblo hacia la selva, si se pudiera caminarlo. ¿Y de ahí para arriba?
Difícil el mate
Nos quedamos sin yerba, y conseguí una barata en el súper: se llama Laranjeiras. Pero no la recomiendo.
Al abrir el paquete y ponerla en el mate, me di cuenta que no iba a estar fácil. Puro polvo. Pero puro, eh? Y algunos palitos, pero nada intermedio. Raro, che.
Cada vez que queremos matear hay que sacudir y sacudir, y la yerba casi desaparece. Pero eso no es lo peor. Cuesta una barbaridad que no se tape. Le vamos buscando las mañas, poniéndole mucho huevo. No creo que la tiremos. Pero el problema es que compré un quilo, le tenía fe.
Para quien se venga para estos lados, ya sabe. Al menos cuál no. Cuando sepa cuál sí, aviso.
De La Paz a Riberalta (primera entrega)
I
“e começo aqui e meço aqui este começo e recomeço e remeço e arremesso
e aqui me meço quando se vive sob a espécie da viagen o que importa
não é a viagen mas o começo da por isso meço por isso começo escrever” (Haroldo de Campos)
Un viaje, un camino. Bajando la cuesta de los andes, acompañando la formación de los ríos. Andando como cambian de color las aguas. Avanzando poco a poco, mientras a los árboles les van creciendo hojas. Y las hojas se van haciendo más grandes.
Una semana, poco más de una semana, en marcha casi todos los días. Poco más de mil kilómetros, desde La Paz hasta Riberalta, del altiplano hasta la amazonía. Cruzando los Yungas, el Alto Beni, las pampas.
La escritura, esculpiendo la experiencia. Las palabras amasando las horas, dando forma a los colores, reinventando los paisajes. Los de adentro y los de afuera.
Escribir un viaje. Contar lo que pasó desde que salimos hasta que llegamos. Contar lo que vimos, lo que sentimos, lo que esperamos, lo que encontramos. Y lo que no. Invitar a viajar con nosotros. A los otros y a nosotros mismos, ahora y alguna otra vez, en el futuro.
Escribir nada más y nada menos como quien cuenta algo que le pasó. Algo fuera de lo ordinario. Quien narra lo vivido, lo nuevo, lo sucedido.
Las palabras van atravesando la historia, el tiempo. El cuerpo. Y comenzamos a andar de nuevo.
II
“La idea de llegar / es una desviación del pensamiento. / La idea de no llegar / hace juego, en cambio, com la trama de la tierra” (Roberto Juarroz)
Muchas veces dije que casi siempre prefiero viajar en ómnibus a hacerlo en avión. No sólo porque puedo, así, ir conociendo los paisajes. También la espera, larga, me da tiempo a ir sedimentando las idas y llegadas. Las distancias. A que se pueda ir quedando lo que se tiene quedar, y lo importante venga conmigo.
Muchas veces, al leer sobre viajes hechos antes de la modernidad, esas largas duraciones me provocan cierta envidia, o algo cercano. Unas ganas de haber vivido en otro tiempo, en el que esos recorridos largos implicaban un esfuerzo grande, una experiencia del camino. Estos días, creo que en Las mil y una noches, leí que un personaje decía que, al fin y al cabo, lo mejor que tiene el hombre para caminar son sus pies.
La envidia también viene de un mundo con lugares realmente lejanos, inaccesibles, vírgenes. Una ilusión, por supuesto, una ficción. Unas cuantas cosas de la modernidad, seguramente, adoraría tener si estuviese en esos tiempos. Aún así, cuando miro los mapas, hay algo que late en los lugares donde las rutas se hacen más difíciles, o incluso desaparecen.
El viaje de La Paz hasta Riberalta tuvo algo de eso, en ambos sentidos. Por un lado, por la velocidad. Actualmente, hacer mil quilómetros en más de una semana, viajando un promedio de seis o siete horas diarias, netas, es poco habitual. Pero así fue con Bandito, compañero de aventuras, yendo a un promedio de veinte o treinta quilómetros por hora, con varios problemas mecánicos, con una ruta, a la que, aún estando mucho mejor de lo esperado, no escaseaba en pozos, barro, huellas altas para nuestras ruedas diminutas.
El resultado es no sólo que llegar sea costoso, algo que, como verán, en estas situaciones valoro. También nos dio lugar a otras miradas entre los andantes, a un contacto permanente y espacioso con el paisaje, a otros diálogos com unos mismo. A que viajar sea una tarea casi artesanal, punto por punto, detalle por detalle, en el que las manos, los ojos, el cuerpo entero están involucrados en el tiempo que pasa.
III
La salida fue, ya, la primera demora. El lunes era el día pautado, y poco antes del mediodía nos encontramos con la idea de llegar esa tarde o noche a Coroico. Sin embargo, tardamos bastante en acomodar los muchos bártulos. Y, además, Bandito no estaba listo. Entre orden y compras fue pasando un par de horas, y aún así, cuando terminamos, no habíamos terminado. Faltaba comprar el juego de cadenas, para poder andar en el barro, y, sobre todo, una cámara de repuesto, para la rueda, sin la cual no podíamos salir.
Según Mike, que había estado buscando por la mañana, no había cámaras del tamaño que necesitábamos en La Paz. Y algún vendedor le había dicho que sólo en El Alto era posible hallarlas.
Como además teníamos ganas de hacer un paseo de compras por ahí, se nos ocurrió que podíamos arrancar ahí la jornada, conseguir lo que hacía falta, en un rato, y luego partir. Pero no era tan fácil.
Por lo pronto, no se nos ocurrió tener en cuenta que, si a Bandito las subidas le cuestan de por sí, por su motor pequeño, más difíciles son cuando está en la altura, donde falta el oxígeno para la combustión. Para los que no conocen, El Alto es una ciudad satélite de La Paz, muy próxima a ella, y unos quinientos metros más alta (de 3600 a 4150). Es sumamente populosa y de gran movimiento: muchos la definen como un gran mercado, y no estoy lejos de suscribir.
Así, el camino a El Alto, que puede llevar quince o veinte minutos en transporte público, y un poco menos en taxi, se transformó en una primera y pequeña odisea. A pleno sol, Bandito avanzaba costosamente, mientras nos pasaban hasta las bicicletas. El motor se paró más de una vez y, si alguna vez intentamos empujarlo, no fue tan fácil recobrar la respiración normal. Todos los inconvenientes recaían en empezar a darnos cuenta que esa noche, probablemente, no íbamos a poder llegar a Coroico. Y, aún sin hablarlo, empezamos a aceptar que no todo iba a salir tal cual lo planeábamos.
Con gran esfuerzo y varias intervenciones de Mike bajo los asientos delanteros (donde no descansan los motores de la fiera) logramos, finalmente, llegar al comienzo de la ciudad suburbana (o sobreurbana, tal vez le quede mejor en algún sentido). Pero las dificultades no se terminaron. Sólo cambiaron de forma. En la avenida principal, nos esperaba un enjambre de trufis (así llaman en Bolivia a unas pequeñas camionetas que funcionan como transporte público) que dejaban el tráfico, si no parado, avanzando muy cada tanto.
Aún sin asumir que ya era casi imposible hacer la ruta planeada en ese mismo día, nos propusimos separarnos para comprar las cosas. Lechu y yo salimos en busca de las cadenas, en la zona que nos habían dicho estaban las ferreterías. Mike (el conductor, neocelandés) y Sally (una inesperada compañera de viaje, amiga de Mike de una reciente estadía en una granja cerca de Santa Cruz, danesa, que nos pidió ir con nosotros para entrar a la selva) iban a por la cámara. Nosotros, de paso, comprábamos algo para comer.
En medio de la avenida (impensable acercarse a la vereda, e innecesario) nos bajamos de Bandito y cruzamos por entre las trufis atoradas hasta llegar a tierra firme. Ahí, en el enjambre de gente, preguntamos por ferreterías. Y nos adentramos, calle adentro, en las multitudes de El Alto. Buscando no sólo las cadenas, sino conseguirlas a un buen precio.
Encontrada la ferretería indicada, nos volvimos a dividir. Yo fui por pan y fiambre, Lechu se quedó cortando metales, con la chola del negocio. Eran veinte cadenitas cortas, de unos veinte centímetros, y otras cuatro más largas, de metro y veinte. Si mal no recuerdo. Anduve un par de cuadras, negocio tras negocio, con las tiendas en la calle ocupando las veredas por completo, y unadensidad urbana de, por lo menos, tres personas por metro cuadrado. Pero logré mi cometido y volví con las bolsas de los víveres. Importante.
Nos reencontramos con Lechu, en la ferretería y terminamos de comprar las cosas, incluyendo una caminata de unas diez cuadras más para comprar alcohol de quemar. Ése era el combustible para nuestra cocina, además de la madera, y tuvo también su pequeño recorrido hasta llegar a él. Desde una tienda vecina a las ferreterías, donde nos indicaron un lugar con certeza, preguntamos por lo menos seis veces (si no más) y obtuvimos respuestas de una seguridad con la que Bergman, Blumberg y Susana estarían felices. Pero cada vez que llegábamos al lugar indicado, obteníamos una respuesta más o menos parecida: “Aquí no hay, ahícito”.
Por suerte, la cadena de fallidos terminó, y alcanzamos las botellas para asegurarnos la cocina. Compramos una, de dos litros. Y aunque después la perderíamos, en el episodio del baúl, nos sirvió durante bastante tiempo.
Terminamos Lechu y yo con las compras. Y llamamos a Mike y Sally (les habíamos dejado nuestro celular, pensando en el momento) a ver dónde estaban. Nos indicaron unas cinco o seis cuadras (terminarían siendo diez o doce), sobre la misma avenida, y hacia allá fuimos.
Nueva odisea. Que, sumada a las anteriores, nos iba acercando frustrantemente a la noche. Caminamos y caminamos, sin encontrarlos. Los llamamos, varias veces, gastamos un dineral, no logramos ponernos de acuerdo en dónde estaban. Finalmente, preguntamos por la zona de las gomerías y, caminando bastante más de lo que pensábamos, con el Lechu tomado por un cansancio inopinado, andando lento y fastidioso, hallamos a Bandito, amarillo, entero, estacionado sobre la avenida.
Pero Mike no había conseguido la cámara. Y estaba convencido de que no había tal en todo El Alto.
Ahí llegamos a la conclusión de que, tal vez, era un problema idiomático. Y lo confirmamos. En el negocio que estaba junto a Bandito mismo, había lo que precisábamos. Lechu preguntó, Lechu encontró. Así que compramos y nos fuimos a ponerla a otra gomería. Cuando terminamos, ya era de noche.
Y, aunque creo que no quisimos decirlo, lo cierto es que, en realidad, no hacía falta haber ido a El Alto.
Conversamos acerca de qué hacer. Y decidimos cruzar nuevamente La Paz, en el camino necesario hacia Coroico, y dormir en algún lugar en el camino, antes de empezar la ruta de la muerte. Sí, porque finalmente, yendo muy despacio (que no se alarmen las madres) y comprobando, luego, que era mucho menos peligrosa que otras rutas que vinieron después, fue ése el camino que elegimos.
Bajamos de El Alto, cruzamos La Paz en buena parte, y, alejándonos unos cuantos quilómetros, encontramos una estación de servicio junto a la cual pensamos que podíamos dormir. Bajamos de Bandito. Noche estrellada, fría. La última noche en el Altiplano.
Preguntamos al encargado de la estación si se le ocurría algún lugar para armar la carpa, y nos indicó un caminito que, junto a la ruta, subía una loma. Hacia ahí llevamos a Bandito, y, después de recorrer unos cien metros, hacia arriba, frenamos. Parecía un buen lugar. Pero este episodio merece, ya, un capítulo aparte.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Con ustedes, señoras y señores...
Para todos los que
Llegamos a Brasil.
Estamos muy contentos.
Pero no hay que olvidarse que esto fue después de 3 meses en Bolivia.
Cualquier mercosurense puede estar 90 días por año en cualquier país del mercosur. Nosotros estuvimos todos los 90 días todos. Salimos justito.
Y esta entrada, que tengo ganas de escribir hace mucho, es para todos los que tiraron y tiran mala onda cuando uno nombra a Bolivia. Porque la verdad que es de una riqueza cultural y geográfica que para mi no tiene nada que envidiarle a sus vecinos. La gente es hermosa, sumamente amable, interesante y tenemos mucho mucho que aprender de ellos. Hay lugares con todos los climas, todas las alturas, todos los paisajes. Realmente me encantaría que pierdan un poco el miedo y se animen a venir. A alejarse un poco del prejuicio reinante en nuestras cabezas y acercarse a este hermoso hermoso país.
Esta entrada es también para todos los que tiraron y tiran la mejor cuando uno nombra a Bolivia, porque ayudan a venir, a acercarse.
Es también esta entrada para todos los que nos dijeron que era imposible hacer la ruta que hicimos desde La Paz hasta Guayaramerín con Bandito. Y fueron muchos muchos eh. De las más diversas maneras nos hicieron saber que estábamos completamente locos, que no llegábamos ni en pedo.
Acá estamos che. Gócenla. Y también lo quiero reivindicar al Diego, y espero que no me suspendan por esto:
QUE LA SIGAN MAMANDO!!!!!!!!!!
Y porsupuesto también es, esta entrada, para los muy poquitos que nos dijeron: sí. Van a llegar. Quizás tardan mucho, pero van a llegar.
Y así fue.
Por último no quiero dejar de contarles que nos hemos pelado. Y no sólo nosotros dos. También Mike, nuestro amigo neozelandés.
Aquí va, el antes y el después.


Tres camiones pararon a ayudarnos.
Estamos muy contentos.
Pero no hay que olvidarse que esto fue después de 3 meses en Bolivia.
Cualquier mercosurense puede estar 90 días por año en cualquier país del mercosur. Nosotros estuvimos todos los 90 días todos. Salimos justito.
Y esta entrada, que tengo ganas de escribir hace mucho, es para todos los que tiraron y tiran mala onda cuando uno nombra a Bolivia. Porque la verdad que es de una riqueza cultural y geográfica que para mi no tiene nada que envidiarle a sus vecinos. La gente es hermosa, sumamente amable, interesante y tenemos mucho mucho que aprender de ellos. Hay lugares con todos los climas, todas las alturas, todos los paisajes. Realmente me encantaría que pierdan un poco el miedo y se animen a venir. A alejarse un poco del prejuicio reinante en nuestras cabezas y acercarse a este hermoso hermoso país.
Esta entrada es también para todos los que tiraron y tiran la mejor cuando uno nombra a Bolivia, porque ayudan a venir, a acercarse.
Es también esta entrada para todos los que nos dijeron que era imposible hacer la ruta que hicimos desde La Paz hasta Guayaramerín con Bandito. Y fueron muchos muchos eh. De las más diversas maneras nos hicieron saber que estábamos completamente locos, que no llegábamos ni en pedo.
Acá estamos che. Gócenla. Y también lo quiero reivindicar al Diego, y espero que no me suspendan por esto:
QUE LA SIGAN MAMANDO!!!!!!!!!!
Y porsupuesto también es, esta entrada, para los muy poquitos que nos dijeron: sí. Van a llegar. Quizás tardan mucho, pero van a llegar.
Y así fue.
Por último no quiero dejar de contarles que nos hemos pelado. Y no sólo nosotros dos. También Mike, nuestro amigo neozelandés.
Aquí va, el antes y el después.
Y aquí va una yapita, otra cosa que vivimos na Bolivia, la yapita, como conceto y lo que viene a continuación. Porque la ruta la hicimos. Pero no sin problemas...
Y para solucionarlo:
Tres camiones pararon a ayudarnos.
Hasta lueguito.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHHHHHHHHHHH
Cuanta cosa che. Cuanta cosa linda. Cuanta cosa.
La selva nos ha recibido. A su manera. Con su intensidad. Y nosotros contentos. Extrañando mucho. Con muchas ganas de llegar al mar.
El camino se hizo larguito, con mucha aventura, mucha cosa, mucho aprendizaje, muchos estados muy diversos.
Estamos en Riberalta. Mañana cruzaremos a Brasil. La ciudad a la que llegaremos se llama Guajaramerín. Muy groso cruzar a brasil. Muy groso.
Y de ahí arranca el camino hacia el mar. Hacia el tan ansiado mar al que se supone que llegaremos en unos 15 días creo o quizás un poquito antes. Veremos.
QUE GANAS!!!
Bueno, medio que no puedo expresar nada siento. Que hay tanto que no puedo nada.
Lindo.
Feliz navidad, año nuevo y todo eso, que la pasen muy lindo.
La selva nos ha recibido. A su manera. Con su intensidad. Y nosotros contentos. Extrañando mucho. Con muchas ganas de llegar al mar.
El camino se hizo larguito, con mucha aventura, mucha cosa, mucho aprendizaje, muchos estados muy diversos.
Estamos en Riberalta. Mañana cruzaremos a Brasil. La ciudad a la que llegaremos se llama Guajaramerín. Muy groso cruzar a brasil. Muy groso.
Y de ahí arranca el camino hacia el mar. Hacia el tan ansiado mar al que se supone que llegaremos en unos 15 días creo o quizás un poquito antes. Veremos.
QUE GANAS!!!
Bueno, medio que no puedo expresar nada siento. Que hay tanto que no puedo nada.
Lindo.
Feliz navidad, año nuevo y todo eso, que la pasen muy lindo.
martes, 15 de diciembre de 2009
Puemitas pidiendo
Hoy llegamos a Coroico. En hermoso camino, con Bandito lento y seguro, y parando mucho.
Verdes hamacándose a los costados, aires de los que hace rato no estábamos respirando, precipicios con todo el vacío del mundo para sentir a la tierra inmensa y linda.
Hace un rato vine a internet, que anda lento acá. Y me di cuenta que, aún en el poco rato que estuve, me puse a googlear poetas que amo, que quiero. Y que ando necesitando de esas palabras musiqueras lindas.
Así que quien quiera convidar con unos puemitas, o lo que sea, será bienvenido. Yo le agradezco mucho.
Y de paso se arma como una antología, vio?
Verdes hamacándose a los costados, aires de los que hace rato no estábamos respirando, precipicios con todo el vacío del mundo para sentir a la tierra inmensa y linda.
Hace un rato vine a internet, que anda lento acá. Y me di cuenta que, aún en el poco rato que estuve, me puse a googlear poetas que amo, que quiero. Y que ando necesitando de esas palabras musiqueras lindas.
Así que quien quiera convidar con unos puemitas, o lo que sea, será bienvenido. Yo le agradezco mucho.
Y de paso se arma como una antología, vio?
domingo, 13 de diciembre de 2009
un centinela y una puerta
Mañana nos vamos de La Paz. Con Mike y Bandito, la camioneta con motor de 500 cc que será nuestra compañera de viaje, partimos cerca del mediodía hacia Coroico, en Los Yungas, y comenzamos, de a poco, nuestra despedida de Bolivia.
Por lo pronto, es la despedida de los cerros, del altiplano. Mañana en la tarde el paisaje tendrá más verdes, y las montañas, que aún van a estar rodeando el horizonte, van a ser más bajas y con otros aromas. Y de ahí, bajando, poco a poco, la selva. El barro, el río, hasta llegar al mar.
Falta, pero ya se empieza a sentir el latido. "El mar es un cantor inseparable", dijo Francisco Madariaga. Comenzamos a oír las melodías, entremezcladas con los últimos acordes del silencio hermoso, hondo, de la montaña.
De eso que suena calmo, algunos ecos.
Tiwanaku. Un valle vasto, con mucho cielo. El aire pasa silencioso, se respira lindo. Al fondo, creo que hacia el oeste, se ven montañas que son ya parte de Perú. Están del otro lado del lago, el Titicaca.
Conversamos con Franz, el guía, nacido y criado en el pueblo. En él, a medias consciente, la herencia de todos los templos, los aires y los soles que ahí viven. Sabidurías.
Históricamente, antropológicamente, varias de las cosas que dice parecen dudosas. Pero, ¿quién tiene la autoridad para hablar acerca de Tiwanaku, de su lugar? Para reapropiarse de la historia. Para hablar, próximo a la reelección del Evo, de una sociedad que, hace tantos cientos y miles de años, era comunista. ¿Qué es Tiwanaku? ¿Cómo podemos contar su historia? ¿Quiénes pueden contarla?
En el medio del recorrido, un montículo, hecho hace pocos años, con cuatro vasijas en sus extremos. Lo usan actualmente en solsticios y equinoccios, para hacer las ceremonias. Es ése el lugar elegido. Franz se lee a sí mismo y a su gente a la luz de los monolitos, que llevan en una mano un vaso de sacrificios y en la otra el bastón de mando. El dos es el número de la cosmovisión andina, nos cuenta.
Cuenta también que lo que dice en la guía lo aprendió en la universidad, en parte, pero también desde antes, de sus abuelos y de los amautas. Y que sigue aprendiendo. Que cada vez que visita Tiwanaku, como guía (lo hace dos o tres veces por semana) se sigue emocionando.
Aunque podría ser parte de un discurso armado, de un cassette, se nota que no lo es. No digo que sea algo puro, no me interesa esa palabra. Seguro que tiene elementos que también vienen de otros lados, occidentales, urbanos, modernos. Pero sí es genuino. Es una lectura genuina.
Además, un aparte para la puerta del sol, inexplicablemente imponente. ¿Es la forma de la construcción? ¿Los símbolos grabados en su parte superior? ¿La magia de una puerta suelta en medio del valle? Nuevamente, como hace cinco años, me quedé un rato frente a ella.
Juarroz dice, de alguien, que nunca dibujó una puerta/ no quería entrar ni salir/ sabía que no se puede. Esta puerta no me parece, tampoco, para entrar ni para salir. Tal vez, como algunas puertas que debamos hallar o inventar, sea para quedarse al frente, dejando que las que entren y salgan sean las cosas del mundo y del cuerpo, de uno y el universo, de la tierra y el hombre.
Una puerta que es, por sí misma, una encrucijada.
El Illimani. Lo vemos, nevado, gigante, bello, al fondo de la ciudad, en días soleados. Contiene, protege. Es muy grande y muy lindo, como un dios.
Ahora, en nuestro camino, casi un centinela que vigila por nuestra partida del altiplano. Amo esa palabra, centinela, no se bien por qué. En portugués se escribe con ese (sentinela) y Milton tiene una canción muy hermosa con ese nombre, que ahora mismito voy a ponerme a escuchar.
Y al Illimani lo encuentro, ahora, de lleno con esa palabra.
En La Paz, ciudad en la que es casi difícil encontrar territorio plano, caminamos mucho. Pasajes sin salida, personajes misteriosos por las calles, puestos callejeros por todos lados, miradores inopinados al dar vuelta la esquina. El sol se refleja en ventanas de casas de ladrillos sin revoque, y es hermoso. Y por la noche, con el frío, aparecen otros fantasmas. Amigables.
Me perdí, caminando, varias veces. Las calles dan vueltas, es casi imposible orientarse en algunos lugares. De repente, seguro de estar en el lugar al que quería llegar, aparecía del otro lado.
Una noche, volviendo al hotel, tres veces me dirigí, sin quererlo ni saberlo, hacia el lado exactamente opuesto. ¿Qué embrujos?
Tal vez son los problemas de leer una ciudad a través de un escritor. Fue, acá, Jaime Sáenz, y a Felipe Delgado me lo encontré, tal vez, algunas veces. Inopinadamente, palabra que descubrí bella con Jaime.
Me llevo, gracias al poder andar en camioneta, un par de aguayos. En esas líneas, en esos colores, tal vez esté escrito el camino que, en estos meses, fuimos recorriendo.
Otros aguayos aparecieron en el museo de folklore y etnografía, hermoso y bien curado. Allí también nos sorprendieron, mirando, máscaras de todos los rincones de Bolivia. Era una muestra en una sala sin ventanas, totalmente oscuras. Y con un sistema de encendido de luces automático. Que no andaba demasiado bien.
Así que, cada tanto, se volvía de noche. Y al regresar la luz, las máscaras estaban esperando, a pura risa.
Nos vamos de La Paz. Arrancamos a bajar, primero a la selva. Al fondo, late el mar. Lo extraño, lo quiero, lo ansío. Pero antes hay muchos colores, muchos caminos.
Un centinela callado e inmenso, como un dios. Una puerta por la que no se sale ni se entra. Así nuestra partida del altiplano.
Hasta pronto
Por lo pronto, es la despedida de los cerros, del altiplano. Mañana en la tarde el paisaje tendrá más verdes, y las montañas, que aún van a estar rodeando el horizonte, van a ser más bajas y con otros aromas. Y de ahí, bajando, poco a poco, la selva. El barro, el río, hasta llegar al mar.
Falta, pero ya se empieza a sentir el latido. "El mar es un cantor inseparable", dijo Francisco Madariaga. Comenzamos a oír las melodías, entremezcladas con los últimos acordes del silencio hermoso, hondo, de la montaña.
De eso que suena calmo, algunos ecos.
Tiwanaku. Un valle vasto, con mucho cielo. El aire pasa silencioso, se respira lindo. Al fondo, creo que hacia el oeste, se ven montañas que son ya parte de Perú. Están del otro lado del lago, el Titicaca.
Conversamos con Franz, el guía, nacido y criado en el pueblo. En él, a medias consciente, la herencia de todos los templos, los aires y los soles que ahí viven. Sabidurías.
Históricamente, antropológicamente, varias de las cosas que dice parecen dudosas. Pero, ¿quién tiene la autoridad para hablar acerca de Tiwanaku, de su lugar? Para reapropiarse de la historia. Para hablar, próximo a la reelección del Evo, de una sociedad que, hace tantos cientos y miles de años, era comunista. ¿Qué es Tiwanaku? ¿Cómo podemos contar su historia? ¿Quiénes pueden contarla?
En el medio del recorrido, un montículo, hecho hace pocos años, con cuatro vasijas en sus extremos. Lo usan actualmente en solsticios y equinoccios, para hacer las ceremonias. Es ése el lugar elegido. Franz se lee a sí mismo y a su gente a la luz de los monolitos, que llevan en una mano un vaso de sacrificios y en la otra el bastón de mando. El dos es el número de la cosmovisión andina, nos cuenta.
Cuenta también que lo que dice en la guía lo aprendió en la universidad, en parte, pero también desde antes, de sus abuelos y de los amautas. Y que sigue aprendiendo. Que cada vez que visita Tiwanaku, como guía (lo hace dos o tres veces por semana) se sigue emocionando.
Aunque podría ser parte de un discurso armado, de un cassette, se nota que no lo es. No digo que sea algo puro, no me interesa esa palabra. Seguro que tiene elementos que también vienen de otros lados, occidentales, urbanos, modernos. Pero sí es genuino. Es una lectura genuina.
Además, un aparte para la puerta del sol, inexplicablemente imponente. ¿Es la forma de la construcción? ¿Los símbolos grabados en su parte superior? ¿La magia de una puerta suelta en medio del valle? Nuevamente, como hace cinco años, me quedé un rato frente a ella.
Juarroz dice, de alguien, que nunca dibujó una puerta/ no quería entrar ni salir/ sabía que no se puede. Esta puerta no me parece, tampoco, para entrar ni para salir. Tal vez, como algunas puertas que debamos hallar o inventar, sea para quedarse al frente, dejando que las que entren y salgan sean las cosas del mundo y del cuerpo, de uno y el universo, de la tierra y el hombre.
Una puerta que es, por sí misma, una encrucijada.
El Illimani. Lo vemos, nevado, gigante, bello, al fondo de la ciudad, en días soleados. Contiene, protege. Es muy grande y muy lindo, como un dios.
Ahora, en nuestro camino, casi un centinela que vigila por nuestra partida del altiplano. Amo esa palabra, centinela, no se bien por qué. En portugués se escribe con ese (sentinela) y Milton tiene una canción muy hermosa con ese nombre, que ahora mismito voy a ponerme a escuchar.
Y al Illimani lo encuentro, ahora, de lleno con esa palabra.
En La Paz, ciudad en la que es casi difícil encontrar territorio plano, caminamos mucho. Pasajes sin salida, personajes misteriosos por las calles, puestos callejeros por todos lados, miradores inopinados al dar vuelta la esquina. El sol se refleja en ventanas de casas de ladrillos sin revoque, y es hermoso. Y por la noche, con el frío, aparecen otros fantasmas. Amigables.
Me perdí, caminando, varias veces. Las calles dan vueltas, es casi imposible orientarse en algunos lugares. De repente, seguro de estar en el lugar al que quería llegar, aparecía del otro lado.
Una noche, volviendo al hotel, tres veces me dirigí, sin quererlo ni saberlo, hacia el lado exactamente opuesto. ¿Qué embrujos?
Tal vez son los problemas de leer una ciudad a través de un escritor. Fue, acá, Jaime Sáenz, y a Felipe Delgado me lo encontré, tal vez, algunas veces. Inopinadamente, palabra que descubrí bella con Jaime.
Me llevo, gracias al poder andar en camioneta, un par de aguayos. En esas líneas, en esos colores, tal vez esté escrito el camino que, en estos meses, fuimos recorriendo.
Otros aguayos aparecieron en el museo de folklore y etnografía, hermoso y bien curado. Allí también nos sorprendieron, mirando, máscaras de todos los rincones de Bolivia. Era una muestra en una sala sin ventanas, totalmente oscuras. Y con un sistema de encendido de luces automático. Que no andaba demasiado bien.
Así que, cada tanto, se volvía de noche. Y al regresar la luz, las máscaras estaban esperando, a pura risa.
Nos vamos de La Paz. Arrancamos a bajar, primero a la selva. Al fondo, late el mar. Lo extraño, lo quiero, lo ansío. Pero antes hay muchos colores, muchos caminos.
Un centinela callado e inmenso, como un dios. Una puerta por la que no se sale ni se entra. Así nuestra partida del altiplano.
Hasta pronto
aire de zamba
Este viaje estoy con saudades nuevas. Inopinadas.
Hoy, hace un rato, agarré la guitarra y el folkloreishon. Y me puse a cantar una chacarera santiagueña. Trunca. Una chacarera trunca.
Luego, una zamba.
Muchas veces me emociono cantando, tocando. Sobre todo con el folklore. Pero esta vez tuvo algo distinto. Como extrañando mucho la tierra a la que estaba cantando. Que no es mi tierra. Y sí.
Recién en los últimos dos años conocí un poco más esos lares, el noroeste argentino. Y algo me lo apropié, claro.
Hoy, cantando, me venían muchas imágenes. Y una de ellas, me doy cuenta, muy intensa, de mi abuelo Nacho.
Mendoza, el vino, los cerros, aire abierto. Una melancolía, una melancolía linda. Lo recuerdo escuchando la radio, por la noche, en Las Vegas, Potrerillos, mirando las estrellas.
Justo me acuerdo de él, no creo sea casualidad, hoy día. Ayer se murió Enrique, y con el Lechu estuvimos hablando mucho de él, brindando, abrazándonos.
Mis abuelos varones se murieron los dos, hace bastante. Y también los extraño.
Me vino también una tarde con Eva, en San Lorenzo, Salta, lloviéndose todo el mundo y nosotros cantando La nochera. La música reverberando en cada gota, en el camino solitario.
Una noche en Atamisqui, Santiago, con Luciana y Ionathan.
Salimos a caminar por la tarde al monte, que, tras el huayra, se puso de colores que no existen en ninguna otra parte del mundo. Los grises más lindos tiene ese monte. Cuando volvimos había oscurecido, y, en el patio de tierra estaban con la guitarra cantando chacareras en quichua.
También en la city baires. La hermosura del vino en los ensayos de Lo he visto a Vargas, con mucha gente que ahorita quiero abrazar tanto. Noches largas y cantadas, celebrando la vida por la vida.
Y así, me van andando los recuerdos por adentro. Se mueven, los locos. Con la zamba, en el bombo, todo ese aire para que bailemos con todos y cada uno.
Mirándonos a los ojos, por supuesto
Hoy, hace un rato, agarré la guitarra y el folkloreishon. Y me puse a cantar una chacarera santiagueña. Trunca. Una chacarera trunca.
Luego, una zamba.
Muchas veces me emociono cantando, tocando. Sobre todo con el folklore. Pero esta vez tuvo algo distinto. Como extrañando mucho la tierra a la que estaba cantando. Que no es mi tierra. Y sí.
Recién en los últimos dos años conocí un poco más esos lares, el noroeste argentino. Y algo me lo apropié, claro.
Hoy, cantando, me venían muchas imágenes. Y una de ellas, me doy cuenta, muy intensa, de mi abuelo Nacho.
Mendoza, el vino, los cerros, aire abierto. Una melancolía, una melancolía linda. Lo recuerdo escuchando la radio, por la noche, en Las Vegas, Potrerillos, mirando las estrellas.
Justo me acuerdo de él, no creo sea casualidad, hoy día. Ayer se murió Enrique, y con el Lechu estuvimos hablando mucho de él, brindando, abrazándonos.
Mis abuelos varones se murieron los dos, hace bastante. Y también los extraño.
Me vino también una tarde con Eva, en San Lorenzo, Salta, lloviéndose todo el mundo y nosotros cantando La nochera. La música reverberando en cada gota, en el camino solitario.
Una noche en Atamisqui, Santiago, con Luciana y Ionathan.
Salimos a caminar por la tarde al monte, que, tras el huayra, se puso de colores que no existen en ninguna otra parte del mundo. Los grises más lindos tiene ese monte. Cuando volvimos había oscurecido, y, en el patio de tierra estaban con la guitarra cantando chacareras en quichua.
También en la city baires. La hermosura del vino en los ensayos de Lo he visto a Vargas, con mucha gente que ahorita quiero abrazar tanto. Noches largas y cantadas, celebrando la vida por la vida.
Y así, me van andando los recuerdos por adentro. Se mueven, los locos. Con la zamba, en el bombo, todo ese aire para que bailemos con todos y cada uno.
Mirándonos a los ojos, por supuesto
Chan Chan!
"El hombre que llega a viejo, pierde lo que ha merecido
Y es bueno que deje de joder, por lo mucho que ha jodido"
Me la dijo montones de veces, ésta y muchas otras. Casi cada vez que nos veíamos.
Vermouth, lechón, vino, viajes, tango, radicheta y ajo, asado, chorizo cortado al medio, más vino, tango, comer de la bobe, comer de la fuente, ¿esto quién lo hizo?, no escuchar una goma, salir con cualquiera, el truco, el burako, boquita, los postres, la siesta, telasampo, Barracas.
Lejaim!
El zeide Enrique.
Se murió el día del tango.
Le gustaba mucho viajar en barco.
Otra que me dijo varias veces era algo así:
"Cuando me doy cuenta que me estoy por morir, me dan ganas de cagar y empezar a repartir"
A la bobe no le gustaba que dijera esa. seguramente cuando lea esto le va a decir a mi papá, a quién tendrá a su lado: ¿cómo va a poner esto? No, esto no me gusta.
Y sabe que no lo pienso borrar. Porque ese también era mi abuelo, ese y muchos más.
Y así lo queremos.
Y así me voy a tomar un vino en su honor hoy a la noche.
Zeide!
Lejaim.
Eso lo escribí ayer a la noche, en mi cama, después de hablar con Juli, después de enterarme que se murió el zeide. Que estuvo un año acostado en una clínica.
Ahora lo paso acá llorando, mientras lo están enterrando muy muy lejos. Y yo acá en La Paz. Viajando.
Y ahora no me alcanzó con eso que escribí ayer, me dieron ganas de algunas cosas más.
Tres amigos
De mis páginas vividas, siempre llevo un gran recuerdo
mi emoción no las olvida, pasa el tiempo y más me acuerdo.
Tres amigos siempre fuimos
en aquella juventud...
Era el trío más mentado
que pudo haber caminado
por esas calles del sur.
¿Dónde andarás, Pancho Alsina?
¿Dónde andarás, Balmaceda?
Yo los espero en la esquina
de Suárez y Necochea...
Hoy... ninguno acude a mi cita.
Ya... mi vida toma el desvío.
Hoy... la guardia vieja me grita:
"¿Quién... ha dispersado aquel trío?"
Pero yo igual los recuerdo
mis dos amigos de ayer...
Una vez, allá en Portones, me salvaron de la muerte.
Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte.
Y otra vez, allá en Barracas,
esa deuda les pagué...
Siempre juntos nos veían...
Esa amistad nos tenía
atados siempre a los tres.
Cada tanto, cuando nos veíamos, arrancaba a cantar este tango, y siempre decía, que era el único que se sabía entero. Porque era de Barracas.
La verdad que, que se muera alguien querido nunca es fácil. Y a la distancia, no sé todavía. Si es más difícil o más fácil. Y no tiene mucho sentido saberlo.
La verdad que tengo muchas ganas de abrazar a mucha gente.
Y me dieron ganas de que esté acá también don Gelman. Que nos viene acompañando mucho en la voz de
Mar y que tiene mucho que ver con esto.
Y no escribo esto para recibir sentidos pésames ni un carajo. Sino para compartir. Para abrazarnos. Para que aparezcan todas las cosas del zeide que quieran, anécdotas o lo que quieran. O compartir lo que quieran compartir. En este momento, de viaje, este es mi lugar, entre otros, para compartir. Así que aquí estamos.
Ah y de mí zeide o del que cada uno tenga por ahí.
Una última:
Dios hizo al vino y al hombre
para que se puedan juntar.
Dios es todo poderoso
hágase su voluntad.
Gracias.
Y es bueno que deje de joder, por lo mucho que ha jodido"
Me la dijo montones de veces, ésta y muchas otras. Casi cada vez que nos veíamos.
Vermouth, lechón, vino, viajes, tango, radicheta y ajo, asado, chorizo cortado al medio, más vino, tango, comer de la bobe, comer de la fuente, ¿esto quién lo hizo?, no escuchar una goma, salir con cualquiera, el truco, el burako, boquita, los postres, la siesta, telasampo, Barracas.
Lejaim!
El zeide Enrique.
Se murió el día del tango.
Le gustaba mucho viajar en barco.
Otra que me dijo varias veces era algo así:
"Cuando me doy cuenta que me estoy por morir, me dan ganas de cagar y empezar a repartir"
A la bobe no le gustaba que dijera esa. seguramente cuando lea esto le va a decir a mi papá, a quién tendrá a su lado: ¿cómo va a poner esto? No, esto no me gusta.
Y sabe que no lo pienso borrar. Porque ese también era mi abuelo, ese y muchos más.
Y así lo queremos.
Y así me voy a tomar un vino en su honor hoy a la noche.
Zeide!
Lejaim.
Eso lo escribí ayer a la noche, en mi cama, después de hablar con Juli, después de enterarme que se murió el zeide. Que estuvo un año acostado en una clínica.
Ahora lo paso acá llorando, mientras lo están enterrando muy muy lejos. Y yo acá en La Paz. Viajando.
Y ahora no me alcanzó con eso que escribí ayer, me dieron ganas de algunas cosas más.
Tres amigos
De mis páginas vividas, siempre llevo un gran recuerdo
mi emoción no las olvida, pasa el tiempo y más me acuerdo.
Tres amigos siempre fuimos
en aquella juventud...
Era el trío más mentado
que pudo haber caminado
por esas calles del sur.
¿Dónde andarás, Pancho Alsina?
¿Dónde andarás, Balmaceda?
Yo los espero en la esquina
de Suárez y Necochea...
Hoy... ninguno acude a mi cita.
Ya... mi vida toma el desvío.
Hoy... la guardia vieja me grita:
"¿Quién... ha dispersado aquel trío?"
Pero yo igual los recuerdo
mis dos amigos de ayer...
Una vez, allá en Portones, me salvaron de la muerte.
Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte.
Y otra vez, allá en Barracas,
esa deuda les pagué...
Siempre juntos nos veían...
Esa amistad nos tenía
atados siempre a los tres.
Cada tanto, cuando nos veíamos, arrancaba a cantar este tango, y siempre decía, que era el único que se sabía entero. Porque era de Barracas.
La verdad que, que se muera alguien querido nunca es fácil. Y a la distancia, no sé todavía. Si es más difícil o más fácil. Y no tiene mucho sentido saberlo.
La verdad que tengo muchas ganas de abrazar a mucha gente.
Y me dieron ganas de que esté acá también don Gelman. Que nos viene acompañando mucho en la voz de
Mar y que tiene mucho que ver con esto.
habría un par de cosas que decir/
que nadie la lee mucho/
que esos nadie son pocos/
que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/y
con el asunto de comer cada día/se trata
de un asunto importante / recuerdo
cuando murió de hambre el tío juan/
decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/
pero el problema fue después/
no había plata para el cajón/
y cuando finalmente pasó el camión municipal para llevárselo
el tío juan parecía un pajarito/
los de la municipalidad lo miraron con desprecio o
desdén/murmuraban
que siempre los están molestando/
que ellos eran hombres y enterraban hombres/ y no
pajaritos como el tío juan/ especialmente
porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje hasta el
crematorio municipal/
y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/
y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/
el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentía que
les hacía pío-pío en la cabeza/el
tío juan era así/le gustaba cantar/
y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/
entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron
un rato/
y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises
de vergüenza/ pero
volviendo a la poesía/
los poetas ahora la pasan bastante mal/
nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/
el oficio perdió prestigio/ para un poeta es cada día más difícil
conseguir el amor de una muchacha/
ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/
que un guerrero haga hazañas para que él las cante/
que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/
y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron las
muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/
o simplemente los poetas/
o pasaron las dos cosas y es inútil
romperse la cabeza pensando en la cuestión/
lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío
en las más raras circunstancias/
tío juan después de muerto/yo ahora
para que me quieras/
que nadie la lee mucho/
que esos nadie son pocos/
que todo el mundo está con el asunto de la crisis mundial/y
con el asunto de comer cada día/se trata
de un asunto importante / recuerdo
cuando murió de hambre el tío juan/
decía que ni se acordaba de comer y que no había problema/
pero el problema fue después/
no había plata para el cajón/
y cuando finalmente pasó el camión municipal para llevárselo
el tío juan parecía un pajarito/
los de la municipalidad lo miraron con desprecio o
desdén/murmuraban
que siempre los están molestando/
que ellos eran hombres y enterraban hombres/ y no
pajaritos como el tío juan/ especialmente
porque el tío estuvo cantando pío-pío todo el viaje hasta el
crematorio municipal/
y a ellos les pareció un irrespeto y estaban muy ofendidos/
y cuando le daban un palmetazo para que se callara la boca/
el pío-pío volaba por la cabina del camión y ellos sentía que
les hacía pío-pío en la cabeza/el
tío juan era así/le gustaba cantar/
y no veía por qué la muerte era motivo para no cantar/
entró al horno cantando pío-pío/salieron sus cenizas y piaron
un rato/
y los compañeros municipales se miraron los zapatos grises
de vergüenza/ pero
volviendo a la poesía/
los poetas ahora la pasan bastante mal/
nadie los lee mucho/esos nadie son pocos/
el oficio perdió prestigio/ para un poeta es cada día más difícil
conseguir el amor de una muchacha/
ser candidato a presidente/que algún almacenero le fíe/
que un guerrero haga hazañas para que él las cante/
que un rey le pague cada verso con tres monedas de oro/
y nadie sabe si eso ocurre porque se terminaron las
muchachas/los almaceneros/los guerreros/los reyes/
o simplemente los poetas/
o pasaron las dos cosas y es inútil
romperse la cabeza pensando en la cuestión/
lo lindo es saber que uno puede cantar pío-pío
en las más raras circunstancias/
tío juan después de muerto/yo ahora
para que me quieras/
Y no escribo esto para recibir sentidos pésames ni un carajo. Sino para compartir. Para abrazarnos. Para que aparezcan todas las cosas del zeide que quieran, anécdotas o lo que quieran. O compartir lo que quieran compartir. En este momento, de viaje, este es mi lugar, entre otros, para compartir. Así que aquí estamos.
Ah y de mí zeide o del que cada uno tenga por ahí.
Una última:
Dios hizo al vino y al hombre
para que se puedan juntar.
Dios es todo poderoso
hágase su voluntad.
Gracias.
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